Cuando la paridad se enfrenta a la realidad
Según la Ley de Paridad de Género, el juego está claro: si un candidato de una lista oficializada renuncia o cae enfermo, la fila no se rompe ni se acomoda al antojo de nadie. Se respeta el orden, se respeta la lista. Si el primero —un hombre— no puede seguir, la siguiente —una mujer— toma su lugar. Así de simple, así de justo.
La correlatividad es la columna vertebral de la democracia representativa: nadie se salta el turno, nadie mueve las piezas a conveniencia. La lista presentada no es una sugerencia, es un compromiso.
Y si a alguien le duele que una mujer asuma porque un hombre no pudo, que sepa que no es un accidente del destino, sino la consecuencia directa de una ley que vino a equilibrar un tablero que durante décadas estuvo inclinado hacia un solo lado.
Porque la paridad no pide permiso: corrige, incomoda y avanza.

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